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Daremos un marco que contendrá las medidas concretas de prevención. Nuestra sociedad, los médicos, los abogados, los pacientes, los jueces y la propia enfermedad forman este marco.
Este es un aspecto tan amplio que resulta muy difícil de analizar y está lleno de excepciones, de manera que generalizar es injusto y alejado de la realidad. El tema se hace complejo, ya que muchos juicios tienen una etiología multicausal.
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Nuestra sociedad

Si bien nuestra sociedad tiene un tinte transgresor, no se diferencia mucho de las sociedades de los países del primer mundo. Y decimos que no es muy distinta si observamos la historia de los países centrales.

Parecería que los médicos no son una prioridad para estas culturas.

Las sociedades tienen algo de crueldad y lo demuestran a diario. Para nosotros, Discépolo sigue teniendo vigencia.

Atención: los pacientes quejosos y los médicos tienen su origen en esta misma sociedad, aunque veremos algunas diferenciaciones.

Muchos litigantes también son hijos de esta sociedad. Ello no significa negar la existencia de la mala praxis médica.

En suma, una parte de esta sociedad va a la caza del médico y también concreta agresiones físicas e insultos contra quienes le propiciaron una mejor calidad de vida, curaron sus enfermedades, reemplazaron sus órganos enfermos, los socorrieron en los momentos más difíciles de la vida y aliviaron algo tan terrible como el dolor.

Hago mías las palabras del periodista Tulio Huberman cuando acuñó la frase: «¡Qué sería de nosotros sin los médicos!»

No toda la sociedad merece estos conceptos, ni son los estratos de menores recursos los autores exclusivos de los reclamos judiciales. Por el contrario, nos parece que la litigiosidad aumenta en la medida en que se asciende en la escala social.

Los médicos

Continuamos armando el marco que rodeará al objetivo central de este portal.

Ya estamos a nivel de EE. UU., donde el 40 % de los médicos tienen la posibilidad de ser enjuiciados al menos una vez durante su carrera (Grand Rounds on Medical Malpractice, American Medical Association), al tiempo de escuchar, de boca de algunos médicos: ante la inminente apocalipsis médica, es necesario preguntarse si realmente estamos indefensos, ya que es evidente la disminución de los gastos médicos y el creciente papel de las corporaciones, obligadas a cambiar el énfasis tradicional en la atención del paciente por una preocupación cada vez mayor por la subsistencia. A ello se suma, para todas las instituciones de salud del Estado, una gran cantidad de pacientes sin ninguna cobertura médica.

En los especialistas, este porcentaje de juicios aumenta considerablemente.

Los médicos, al igual que otros profesionales, somos hijos de esta sociedad, aunque reiteramos y reiteraremos que no es justo generalizar ni que estos conceptos constituyan postulados irrefutables.

No pasaron muchos años desde que el médico pasó de una posición social privilegiada y respetada a no ser tan bien considerado en nuestra sociedad actual.

La sociedad advirtió que hay profesionales que cambiaron el oro por el bronce.

Algunos profesionales cobran honorarios a sus colegas, aunque hubo el caso de un médico que hacía un descuento en sus honorarios por tratarse de la esposa enferma de un colega.

Esta trilogía integrada por pacientes, médicos y sociedad ha sufrido transformaciones sustanciales que, indudablemente, influyeron de alguna manera en la visión del paciente frente al profesional y, por qué no decirlo, también del médico frente al paciente.

Nada mejor que reproducir algunos conceptos de Alberto Agrest, que compartimos, cuando decía en una de sus presentaciones:

El deterioro de la relación médico-paciente.

Al paciente le dará lo mismo quién lo atienda y hasta ocurrirá que no recuerde quién lo atendió.

Al médico ignorado le resulta más fácil olvidar su compromiso con el paciente y privilegiará su relación con el empleador.

Las retribuciones magras han impulsado a los médicos a dedicar menos tiempo a sus pacientes, y la demostración más tangible de su preocupación era, precisamente, el tiempo que les dedicaban.

Por otra parte, graduar incapaces es como emitir moneda falsa…

Si desde niño la familia enseñó a su hijo o hija a pedir disculpas, a saludar, a hablar sin gritar ni insultar, a ceder el asiento a una anciana, a comunicarse con un menesteroso como si lo estuviera haciendo con un rey, a acompañar a alguien en el dolor, a respetar a su maestra y a la autoridad, a ser amable y servicial, a ayudar a un ciego a cruzar la calle, a honrar a sus maestros, a dar su campera a un hombre en situación de calle con frío, a decir muchas gracias, a ceder el paso a una dama, a reconocer que la soberbia es muy dañina y a comprender que el empresario no es su enemigo, todo sería diferente.

Ya adulto, quien recibió esa educación forja una personalidad que, al ser médico, si bien no reúne todos esos atributos en todos los casos, sí conserva algunos de ellos, por lo que es difícil que sea enjuiciado, aun cuando cometa un error.

No debemos humillar al médico, ya que no podemos olvidar que, frente al desprestigio de muchas religiones, es el único hombre que queda en esta sociedad para prestar su acompañamiento y ayuda frente al dolor y a las miserias humanas.

El médico está programado y estructurado para la lucha contra la enfermedad, de manera que no le resulta grato pensar que una mano jurídica se introdujo en su labor y que, además de la lucha desigual contra la enfermedad, ahora tenga que hacerlo contra un sistema que vive como ajeno y extraño, a la vez que agresivo.

De manera que, cuando se lo aparta de su actividad específica, es más vulnerable.

Ya reunió suficiente experiencia viendo a los colegas más cercanos enjuiciados como para comprender el cambio copernicano en la conducta de algunos enfermos y la necesidad de adaptarse a las nuevas circunstancias. Deben habituarse a ellas o, de lo contrario, estas terminarán imponiéndose sobre ellos.

A ello se añade el hecho de ejercer una ciencia en la que es más lo que se desconoce que lo que se conoce.

Pensamos otra vez en Reason cuando muchos colegas realizan su actividad diaria en un medio sanatorial u hospitalario, en pequeñas instituciones, en condiciones que los obligan a correr un riesgo innecesario, ya que los recursos con los que cuentan no son infinitos.

La Policía trabaja, en muchas oportunidades, con ausencia de los medios necesarios para una buena gestión. Lo mismo ocurre con el Poder Judicial, donde existen juicios que duran años innecesariamente, junto con incomodidades e inconvenientes de todo tipo. Sin embargo, a ningún miembro de estas instituciones le ocurre nada por su ineficacia o por una mala atención. Hacen lo que buenamente pueden, pero, en ocasiones, se muestran sorprendidos y escandalizados cuando encuentran un ambiente complicado y sin los elementos ni las condiciones necesarios para una buena práctica médica en un hospital o sanatorio.

Fuera del horario de visitas, algunos funcionarios judiciales e incluso peritos no conocen bien el interior de un hospital o sanatorio, ya que jamás han conocido su verdadera intimidad.

¿Esto significa negar la existencia de la mala praxis médica?

¿Esto significa negar la existencia de la mala praxis médica? Decididamente, NO.

También parece justo preguntarse si alguna vez los funcionarios judiciales fueron invitados a conocer la intimidad de hospitales y sanatorios.

Creemos que esta crisis, referida al exagerado número de demandas contra el cuerpo médico, no debe hacer recaer toda la responsabilidad sobre una supuesta mala medicina, ya que la medicina actual es muy superior a la practicada décadas atrás, cuando no existía esta cantidad de juicios.

Hoy la medicina es más segura, pero tenemos más juicios.

Tampoco creemos que un pequeño número de malos médicos sea el único responsable de los procesos judiciales.

Este argumento resulta poco creíble, ya que hemos visto pasar por los tribunales a médicos de enorme prestigio.

El expresidente de los Estados Unidos, George Bush, dijo en una conferencia en la Johns Hopkins University:

"Nosotros no debemos olvidar una simple verdad: que los infortunios médicos no son el resultado de una pobre medicina, ya que es imposible una vida libre de riesgo."

(The New York Times, 23 de febrero de 1990).

Los abogados

Son la otra cara de la moneda: quienes casi siempre desconfían, muchas veces exageran, se acomodan a las circunstancias del cliente y poseen una imaginación frondosa que avanza, sin reparos, sobre cuestiones médicas al redactar una demanda.

Algunos juzgan antes que el juez. El objetivo es abultar las acusaciones contra los médicos, hacerlas lo más voluminosas posible.

Y ¿qué sería de los peritos si no existieran el síndrome postraumático y el daño espiritual? El propósito parece ser incrementar los reclamos, aunque ello no significa que tales situaciones no puedan existir en determinadas oportunidades.

Pero diremos que, salvo pequeñas minorías, son los pacientes y sus familiares quienes golpean la puerta de los estudios jurídicos.

En los Estados Unidos, de cada dólar reconocido por el juez, el paciente solo recibe cuarenta y tres centavos.

Podemos decir que algunos abogados actúan como catalizadores, es decir, como aceleradores o retardadores de un determinado proceso.

Los jueces

El médico debe recordar que los jueces son abogados y aprender cuál es su línea de pensamiento, su forma de analizar los problemas, qué es lo que realmente juzgan, independientemente de la pericia médica, dónde fijan su mirada y a qué aspectos otorgan un valor singular.

Debe saber cuáles son las pautas de valoración y qué consideran una conducta médica correcta.

No será otro colega quien juzgue a un médico, sino un abogado investido de la función de juez. Por ello, los profesionales deben tratar de comprender cuáles son sus principios frente a cualquier situación en la que esté involucrado un médico.

Jorge Mosset Iturraspe, en Responsabilidad Civil del Médico, nos dice:

"No resistimos la comparación entre el médico y el juez. Los dos oficios pueden desempeñarse de un modo pedestre o de un modo casi sagrado. De un lado, el médico y el juez que hacen su quehacer para ganarse el sustento diario solo ven en su oficio el modo de vivir y lo cumplen obedeciendo a automatismos psíquicos, a hábitos mentales... Por otro lado, idénticos personajes, juez y médico, conscientes de la dignidad y grandeza de su obrar, sabedores de que la justicia y la salud son bienes del más alto valor y que ellos son los encargados de administrarlos."

También alude a esta cuestión Piero Calamandrei —jurista y exmiembro de la Asamblea Constituyente Italiana— en Elogio de los Jueces, donde compara el temblor y la emoción del viejo sacerdote en el momento de la consagración con la emoción que embarga al juez al dictar una sentencia. Y agregamos nosotros: también al médico, cuando debe tomar una decisión respecto de su enfermo.

Por otro lado, añadimos que debe de ser muy complejo para los jueces emitir un juicio sobre una materia tan específica, tan alejada de su profesión y cuyo funcionamiento interno desconocen.

Al respecto, Gregorio Marañón, en Vocación y Ética, dijo:

"El legislador arregla todo muy fácilmente; le basta con escribir: 'Artículo 5.º: esto no debe hacerse', y nada más. Pero la vida caudalosa no se acomoda a los rígidos preceptos de la ley, y el médico, que no es legislador sino médico, no puede dar la ley fría y severa como respuesta y medicina al corazón, sino que tiene que buscar soluciones humanas para los humanos dolores, esperando que, si roza la ley, el juez le comprenda y le perdone..."

Pero nos estamos convenciendo de que es mucho mejor que así sea, para bien de los médicos, ya que ser juzgados por sus pares podría resultarles mucho más perjudicial.

Es mejor que el juez no sepa medicina.

La propia enfermedad

La propia enfermedad puede presentar variaciones impensadas en su evolución, respuestas diferentes a los tratamientos y variantes aún desconocidas por la ciencia médica, con curaciones o complicaciones que sorprenden incluso a los médicos más experimentados.

Esto significa que, cuando las respuestas esperadas no aparecen y todo lo que rodea al tratamiento fracasa, ello no necesariamente tiene relación con una mala praxis médica.

Tampoco implica que el tratamiento haya sido incorrecto, ya que las enfermedades todavía no se han decidido a confesarnos sus secretos más íntimos.

Por otro lado, al médico se le atribuye una infalibilidad que, en realidad, no posee. De manera que, cuando el paciente no obtiene el resultado que espera, comienza a gestarse la idea del reclamo por aquello que considera que no se hizo correctamente.